martes, 20 de enero de 2009

en el aire

ese día vi el aire. recuerdo muy bien que era el segundo día que caminaba siguiendo al Sol. el fin de la Tierra me esperaba y yo estaba ansioso por meterme en bosques, encontrar esas fuentes que esperaba, las cascadas y agujeros sobre la tierra que me dejaron los que pasaron más temprano por ahí.

las ampoyas del día anterior pasaban cada vez más desapercibidas. mientras, daba un paso más. y esque al fondo, el perfil de millones de pinos delante de un cielo más encantador que nunca y con las nubes más dulces que jamás haya visto me estaba esperando. había un rebaño también y dos perros que corrían en círculos y le ladraban jugando al pastor.

yo estaba maravillado y no podía quitar mis ojos de la escena, hasta que el cuello me comenzó a doler por la inclinación a la izquierda y el peso de la mochila (quise pensar). además, estaba caminando un poco hacia los lados, como serpenteando, pues había dejado de ver el camino trazado.

comencé a ver todo lo demás que me rodeaba y poco a poco me maravilaba más: un viñedo, que parecía no tener fín, subía suavemente por una colina hasta desaparecer y fundirse con el cielo a mi derecha. atrás, sobre una colina, el hermoso pueblo de Villamayor de Monjardín y sus elegantes torres que anunciaban su presencia. en todo mi lado izquierdo (desde atrás hasta el horizonte) las montañas que resguardaban aquel bosquecito que me hacía tan feliz. y muy en frente de mí, atrás de una montaña con una corteza impresionante, se escondían varios molinos de viento.

aquello era como un sueño y yo estaba más que feliz.

conciente de ese sentimiento, cerré los ojos, sonreí, agaché un poco la cabeza e intenté mirar mi corazón. abrí los ojos y conforme fui subiendo la mirada, comencé a ver el aire, las partículas que lo forman, la luz que lo enuelve, el aroma que tiene. el color y el sabor, su densidad, tamaño y brillo. y nuevamente, Dios estaba ahí: en el aire.




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