ese día vi el aire. recuerdo muy bien que era el segundo día que caminaba siguiendo al Sol. el fin de la Tierra me esperaba y yo estaba ansioso por meterme en bosques, encontrar esas fuentes que esperaba, las cascadas y agujeros sobre la tierra que me dejaron los que pasaron más temprano por ahí.
las ampoyas del día anterior pasaban cada vez más desapercibidas. mientras, daba un paso más. y esque al fondo, el perfil de millones de pinos delante de un cielo más encantador que nunca y con las nubes más dulces que jamás haya visto me estaba esperando. había un rebaño también y dos perros que corrían en círculos y le ladraban jugando al pastor.
yo estaba maravillado y no podía quitar mis ojos de la escena, hasta que el cuello me comenzó a doler por la inclinación a la izquierda y el peso de la mochila (quise pensar). además, estaba caminando un poco hacia los lados, como serpenteando, pues había dejado de ver el camino trazado.
comencé a ver todo lo demás que me rodeaba y poco a poco me maravilaba más: un viñedo, que parecía no tener fín, subía suavemente por una colina hasta desaparecer y fundirse con el cielo a mi derecha. atrás, sobre una colina, el hermoso pueblo de Villamayor de Monjardín y sus elegantes torres que anunciaban su presencia. en todo mi lado izquierdo (desde atrás hasta el horizonte) las montañas que resguardaban aquel bosquecito que me hacía tan feliz. y muy en frente de mí, atrás de una montaña con una corteza impresionante, se escondían varios molinos de viento.
aquello era como un sueño y yo estaba más que feliz.
conciente de ese sentimiento, cerré los ojos, sonreí, agaché un poco la cabeza e intenté mirar mi corazón. abrí los ojos y conforme fui subiendo la mirada, comencé a ver el aire, las partículas que lo forman, la luz que lo enuelve, el aroma que tiene. el color y el sabor, su densidad, tamaño y brillo. y nuevamente, Dios estaba ahí: en el aire.

las ampoyas del día anterior pasaban cada vez más desapercibidas. mientras, daba un paso más. y esque al fondo, el perfil de millones de pinos delante de un cielo más encantador que nunca y con las nubes más dulces que jamás haya visto me estaba esperando. había un rebaño también y dos perros que corrían en círculos y le ladraban jugando al pastor.
yo estaba maravillado y no podía quitar mis ojos de la escena, hasta que el cuello me comenzó a doler por la inclinación a la izquierda y el peso de la mochila (quise pensar). además, estaba caminando un poco hacia los lados, como serpenteando, pues había dejado de ver el camino trazado.
comencé a ver todo lo demás que me rodeaba y poco a poco me maravilaba más: un viñedo, que parecía no tener fín, subía suavemente por una colina hasta desaparecer y fundirse con el cielo a mi derecha. atrás, sobre una colina, el hermoso pueblo de Villamayor de Monjardín y sus elegantes torres que anunciaban su presencia. en todo mi lado izquierdo (desde atrás hasta el horizonte) las montañas que resguardaban aquel bosquecito que me hacía tan feliz. y muy en frente de mí, atrás de una montaña con una corteza impresionante, se escondían varios molinos de viento.
aquello era como un sueño y yo estaba más que feliz.
conciente de ese sentimiento, cerré los ojos, sonreí, agaché un poco la cabeza e intenté mirar mi corazón. abrí los ojos y conforme fui subiendo la mirada, comencé a ver el aire, las partículas que lo forman, la luz que lo enuelve, el aroma que tiene. el color y el sabor, su densidad, tamaño y brillo. y nuevamente, Dios estaba ahí: en el aire.
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